En nuestro afán de rehuir la responsabilidad,
los humanos creamos monstruos sagrados y
luego nos postramos ante ellos para obedecerlos
ciegamente.
Héctor Calderón
Por Ernesto Partida Pedroza
La mayor parte de los ciudadanos nos quejamos de lo que hace el gobierno. Si nos damos cuenta de la corrupción, automáticamente pensamos en la culpabilidad del gobierno en turno. Si pensamos en la inseguridad, de igual manera pensamos en la responsabilidad del gobierno. Nuestros gobernantes se han convertido en el chivo expiatorio del pueblo para explicar todos los males. Pero ¡sabemos lo que exactamente es el gobierno? ¿Tenemos conciencia de cómo se forma el gobierno? ¿Nosotros los ciudadanos tenemos alguna responsabilidad?
Hay un texto del Ing. Héctor Calderón el cual nos explica de una manera muy sencilla lo que es el gobierno y la responsabilidad que tenemos con respecto a al origen del gobierno.
“Consideremos primeramente a eso que llamamos el gobierno. Si yo pido que presenten al gobierno para tocarlo, verlo, escucharlo, conocerlo directa y personalmente, nadie podrá satisfacer mi petición ¿o sí?. Por ejemplo, me podrían señalar un edificio: el Palacio Nacional, y me dirían que allí esta el gobierno. Desde luego el edificio no es el gobierno. Las piedras, los techos, las ventanas, los muebles, no piensan, ni ordenan, ni vigilan... sólo están allí. Entremos al edificio y preguntemos al conserje dónde se encuentra el “gobierno”, porque queremos saludarlo y conocerlo. Se sonreirá y nos mandará con una señorita muy amable cuya función es dar información al público. Desde lugo, ella tampoco es el gobierno y , en su afán de atendernos, nos mostrará un directorio, o un organigrama, donde está están representadas todas las secretarías, direcciones y departamentos del gobierno. El directorio tampoco es el gobierno, y así se lo decimos, a riesgo de agotar su paciencia.
Quizás entonces nos lleve a una oficina llena de empleados y nos diga que esa es una parte del gobierno; pero nosotros interceptamos a uno de los empleados y le preguntamos “¿eres tú el gobierno”? y nos contestará que no; que él es uno de los que trabaja en el gobierno. Quedamos en las mismas, tampoco él ha tocado o palpado al gobierno. Simplemente trabaja para el gobierno y cada mes recibe un sobre grueso con dinero que le entregan en su nombre. Si le interrogamos sobre como cree que es el gobierno, probablemente nos conteste diciendo que se lo imagina con la apariencia de su jefe: un señor ya viejo, amable, tolerante, que le saluda todos los días. Pero tampoco su jefe es el gobierno, ni lo conoce “personalmente.” Seguramente él también lo tiene registrado en la mente con la imagen y semejanza de su propio jefe.
Así podemos ascender la escalera burocrática hasta llegar al presidente, quien nos explicaría, si lo preguntásemos, que él no es el gobierno, si no únicamente un ciudadano elegido democráticamente para encabezar al gobierno, y que está sujeto a la voluntad del pueblo y a las leyes. A estas alturas, comprendemos que ni el propio presidente nos podrá poner en contacto con algo solidario y comprobable que podamos identificar como “el gobierno”. Y no es que no exista. Sí existe, pero no allá afuera en el mundo que nos rodea, sino dentro de la mente de cada uno de nosotros, como un concepto.
Las leyes son parte del gobierno porque nosotros lo hemos decidido así. Son algo como las reglas del juego que estamos jugando. Ellas dicen que existe el gobierno y le otorgan una multitud de poderes, atribuciones y obligaciones. En el momento que ninguno recordara las reglas, ni entendiera las letras con que están escritas, no habría reglas y no habría juego. En el momento en que todos y cada uno de los empleados y funcionarios que trabajan en el gobierno olvidaran lo que se supone que son y deben hacer, desaparecería el gobierno.
Sí, el gobierno es una idea, un concepto, un acuerdo entre los habitantes de una nación. No está afuera, está dentro de nosotros mismos y solamente persiste, independientemente de cada quien, porque aunque uno o dos repudien el acuerdo, los demás persisten en la afirmación contundente de que existe y que tenemos que obedecer sus mandatos. A mantener este acuerdo nos empuja el temor a la libertad, y la responsabilidad que invariablemente le acompaña.
Hemos oído decir que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, pero el dicho se quedo muy corto, porque la verdad es que cada pueblo crea en su mente su propio gobierno. Lo moldea a su antojo y si tolera una dictadura es que está dispuesto a soportar su peso, con tal de no asumir las responsabilidades de un régimen más democrático. Las dictaduras, las monarquías, los sistemas absolutistas, son los regímenes más cómodos para los pueblos que tienen vocación de esclavos. Así no tienen ni la más leve culpa de lo que suceda. No tienen que decidir nada. Lo que hagan lo harán a la fuerza, con desgano sin que importen las consecuencias, y la culpa de todos los males podrán echársela al sátrapa que los gobierna. Ni siquiera tendrán que pensar -hasta esto les estará vedado- y en complicidad disimulada con sus amos, denunciarán cualquiera disidencia para que el gobierno la aplaste sin misericordia. Así lo quieren ellos en su interior, aunque enjuguen teatralmente sus lágrimas de cocodrilo por los mártires de la libertad.”
Alguien que entienda este texto no puede ir por la calle y protestar por cualquier problema puesto que supuestamente se ha dado cuenta de que el gobierno somos nosotros mismos.
* El libro de referencia es Liberalismo social mexicano
ernestopartida44@yahoo.com.mx
domingo, 5 de octubre de 2008
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